Cuando algo se vuelve «viral», solemos imaginar una chispa espontánea: mucha gente, a la vez, decidiendo que algo merece atención. Rara vez pensamos en la otra posibilidad, mucho más aburrida y mucho más real: que alguien pagó para que lo viéramos. Las plataformas no son una plaza pública neutral, son un espacio publicitario con un panel de control, y ese panel tiene un precio. Quien puede pagarlo, decide qué juicio rápido vamos a lanzar hoy.

El negocio de fabricar opinión

Detrás de una tendencia «orgánica» hay a menudo una maquinaria bastante sofisticada: microsegmentación publicitaria que sabe exactamente qué botón emocional pulsar en cada perfil, redes de cuentas coordinadas que amplifican un mensaje hasta que el algoritmo lo confunde con interés genuino, e influencers pagados para deslizar una idea como si fuera una opinión espontánea. Nada de esto es ilegal en la mayoría de los casos; es, simplemente, el modelo de negocio. La atención se compra igual que se compra un anuncio en una valla publicitaria, solo que aquí el anuncio se disfraza de conversación entre iguales.

De vender un producto a vender una guerra

Mientras ese poder se use para que compremos unas zapatillas u otras, el daño es, como mucho, económico. El problema empieza cuando el mismo mecanismo —pagar para decidir qué ve, qué siente y contra quién se indigna una audiencia masiva— se aplica a algo más delicado que el consumo. Campañas de desinformación coordinada se han usado, documentadamente, para polarizar sociedades enteras, deslegitimar procesos electorales o avivar la desconfianza entre grupos. Y en su versión más oscura, esa misma maquinaria ha servido para señalar a colectivos enteros —por su origen, su religión o su identidad— como responsables de problemas que no han causado, convirtiendo el odio en un producto más que también se puede amplificar con presupuesto.

No hace falta convencer a una sociedad entera para que el daño sea real. Basta con empujar a una minoría lo bastante ruidosa, en el momento adecuado, con el mensaje adecuado. El resto de la plataforma, presa del algoritmo que premia la indignación, hace el resto del trabajo gratis.

El rebaño no elige el camino, se lo marcan

La imagen que abre este artículo no es una metáfora exagerada: hay quien tiene los recursos para sostener los hilos, y hay quien camina creyendo que decide el rumbo por sí mismo. La ironía es que cuanto más rápido juzgamos —cuanto menos nos paramos a preguntar quién se beneficia de que sintamos justo esto, justo ahora—, más dóciles nos volvemos como rebaño. La prisa no es solo un defecto individual, es la condición que hace posible este negocio.

La próxima vez que algo te indigne con una intensidad sospechosa, vale la pena hacer la pregunta incómoda: ¿esto nació solo, o alguien lo empujó? No siempre hay respuesta clara, pero el simple hecho de preguntarlo ya te saca, aunque sea un poco, del rebaño.


Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *