El debate es una de las cosas más sanas que puede tener una sociedad. Dos ideas distintas, expuestas con honestidad, puestas a prueba una contra otra: de ahí salen mejores soluciones que de cualquier ocurrencia individual. El problema no es que los políticos discrepen. El problema es cuando la discrepancia deja de buscar una solución y se convierte en un espectáculo de insultos, medias verdades y mentiras directas, porque eso ya no es debate: es otra cosa, y esa otra cosa tiene un coste que pagamos todos.
El debate es sano; el insulto es una estrategia
Hay una diferencia enorme entre «no estoy de acuerdo con tu propuesta, y esta es la mía» y «tú y los tuyos sois el enemigo». La primera frase construye algo, aunque sea despacio. La segunda no construye nada, pero funciona muy bien para movilizar votos: el enfado activa más que la razón, y activar es lo único que necesita un político el día antes de una elección. El insulto y la mentira no aparecen porque falte inteligencia, aparecen porque son más rentables a corto plazo que explicar con matices por qué una medida es mejor que otra.
Ganar la pelea, perder el país
Aquí está la trampa: la polarización le puede funcionar de maravilla a un político y, al mismo tiempo, salir carísima al país que dice representar. Cuanto más se enfrenta a un rival como si fuera un adversario existencial, más fácil le resulta ganar una elección concreta. Pero ese enfrentamiento no se queda encerrado en el Congreso o en un mitin: se filtra hacia abajo, hasta la sociedad que los mira, hasta que dos ideas políticas dejan de ser dos opiniones y se convierten en dos bandos. Ahí ya no se debate, se pertenece.
Oponerse no es negarse a sentarse
La oposición tiene una función clave, y no es aplaudir. Es señalar los fallos de una propuesta, exigir explicaciones, forzar mejoras. Eso es sano y necesario. Lo que no es sano ni necesario es la variante más cómoda de la oposición: negarse a la mesa, bloquear por bloquear, convertir cada negociación en un ejercicio de desgaste con la esperanza de que el desgaste ajeno se traduzca en beneficio propio en la siguiente encuesta. Un partido que se opone aportando una alternativa concreta está haciendo su trabajo. Un partido que se opone solo para que nada avance, aunque la propuesta original fuera razonable, está anteponiendo su cálculo electoral al problema real que había que resolver. Ambos extremos —el insulto y el bloqueo sistemático— son formas de evitar hablar de soluciones.
Cuando la política entra en casa
El coste más silencioso de todo esto no se ve en el Parlamento, se ve en las comidas familiares. Hermanos que dejan de hablarse por un partido, cenas de Navidad que se convierten en campo de minas, amistades de toda la vida que se enfrían porque uno puso una bandera o un lema en su perfil. La discusión política, que debería ser sobre políticas concretas —una ley, un presupuesto, una reforma—, ha bajado a la calle convertida en identidad: ya no discutimos ideas, discutimos quiénes somos, y de esas discusiones no se sale con una solución, se sale con una herida.
La política que polariza gana elecciones. La política que polariza también fractura barrios, empresas, grupos de amigos y mesas familiares por motivos que, mirados con perspectiva, a menudo son minucias comparadas con el vínculo que rompen. Exigir un debate centrado en soluciones —con la oposición aportando alternativas, sin insultos y sin mentiras como estrategia— no es una ingenuidad. Es, probablemente, la única forma de que la política deje de ser un negocio de enfado constante y vuelva a ser lo que se supone que es: la manera en que una sociedad decide, entre todos, cómo resolver sus problemas.


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