Hoy he tenido una conversación de esas que se quedan dando vueltas en la cabeza. Con un compañero de trabajo brasileño acabamos hablando de la situación económica de Sudamérica, y de pronto me di cuenta de que describía, casi palabra por palabra, lo que veo en España y en buena parte de Europa.

Países ricos, ciudadanos que no lo notan

Brasil, México, Argentina o Chile tienen recursos, industria, materias primas, talento y mercados enormes. Sobre el papel son países ricos. Y sin embargo, la persona de a pie sigue contando los días que le quedan al mes, con salarios que no alcanzan, vivienda cada vez más cara y servicios públicos que se deterioran. La riqueza existe. Lo que no existe es el camino por el que llegue a quien la produce.

¿Y en España?

Lo que me contaba mi compañero me sonaba demasiado. Aquí también tenemos un país que, en conjunto, produce riqueza, y aun así a muchas familias les cuesta acceder a una vivienda, llegar a fin de mes o simplemente planificar su futuro. Los grandes grupos de presión —energía, banca, grandes patronales, inmobiliarias— quieren ganar más cada año, y lo consiguen. Mientras, los ciudadanos pagamos la factura de la luz, la hipoteca y la cesta de la compra.

Los partidos que votamos

Esta es la parte más incómoda. Votamos a partidos para que defiendan nuestros intereses, y con demasiada frecuencia tengo la sensación de que, una vez en el poder, las decisiones importantes se parecen mucho entre sí, gobierne quien gobierne. Puertas giratorias, leyes que se redactan con el sector al que van a regular, rescates que se pagan entre todos y beneficios que se reparten entre pocos. Da la impresión de que hay algo por encima —intereses económicos, organismos supranacionales, el propio mercado— a lo que el voto ciudadano no llega.

Un mismo patrón a los dos lados del Atlántico

  • Riqueza concentrada: el crecimiento macroeconómico se celebra, pero se reparte mal.
  • Influencia sobre la política: quien tiene más recursos tiene más voz en la mesa donde se decide.
  • Distracción: mientras tanto, el debate público se llena de ruido, polarización y enfrentamientos que nos mantienen mirando a otro lado.
  • Desgaste de la confianza: cuando la gente deja de creer que su voto cambia algo, el sistema se debilita todavía más.

Qué hacer con esta incomodidad

No pretendo tener la solución, ni creo que sea cuestión de blanco o negro: hay matices, hay políticos honestos y hay empresas que hacen las cosas bien. Pero creo que el primer paso es dejar de aceptar como normal que un país crezca y su gente no lo note. Informarse con calma, desconfiar de las explicaciones demasiado simples, exigir transparencia y preguntarse siempre quién gana con esta decisión es, de momento, lo mejor que tenemos.

Es curioso que haga falta hablar con alguien del otro lado del océano para darse cuenta de que el problema no es de un país concreto, sino de cómo se reparte el poder. Si algo me llevo de la conversación de hoy es esto: no estamos tan lejos los unos de los otros como nos hacen creer.

Este artículo es una reflexión personal basada en una conversación, no un estudio económico.


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